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Machu Picchu. Un desafío fotográfico

Lo reconozco: soy un fotografo ocasional. Mi trabajo tan sólo me permite centrarme en mi fotografía cuando salgo de viaje. Por ello, en ocasiones los viajes se convierten en eventos excesivamente anticipados y deseados.

El viaje que realicé recientemente a Machu Picchu parecía una apuesta a todo o nada. Por una parte, estrenaba un 14-24 de Nikon. Un grandísimo objetivo (tanto en prestaciones como en tamaño y peso) que no tienen porqué ayudar a sacar grandes fotos si no se utiliza correctamente. Al mismo tiempo, se trata de alguna manera de un objetivo “especialista” por lo que era necesario complementarlo de alguna manera con otra lente. Por otra parte, Machu Picchu presentaba una serie de desafíos logísticos importantes: necesidad de ir ligeros de equipaje, imposibilidad de llevar una bolsa de bandolera para escalar las montañas colindantes, alta probabilidad de lluvia y necesidad de proteger el equipo, etc.

Al final opté por un equipo voluminoso y pesado, pero manejable: La D800, el 14-24, el 24-70 también de Nikon y mi Canon PowerShot S90 compacta que es una inmejorable compañera de viaje. La capacidad que tiene la D800 de recortar a formato DX, me permitía cubrir con la reflex unas distancias focales equivalentes entre 14mm y 105mm con gran calidad y un mínimo de 21 Mp.

Puesto de fruta en el mercado de Cusco (Nikon D800, 24-70mm, f/2.8)
Puesto de fruta en el mercado de Cusco (Nikon D800, 24-70mm, f/2.8)

En los meses anteriores, la planificación me llevó a hacerme con una correa The Cinch de Luma Labs (que ya comentamos en el blog en su momento después de considerar muchas otras alternativas). Además, el nuevo equipo incluía una funda Toploader Pro 70 de Lowepro con arnés que me debía permitir moverme con total libertad de manos (sin miedo a que mi cámara golpeara con cualquier piedra). Finalmente me hice con unas fundas de plástico desechables para poder forrar mi D800 y los objetivos elegidos.

Con la correa The Cinch en Machu Picchu (Canon PowerShot S90, f/4.0)
Con la correa Cinch en Machu Picchu (Canon PowerShot S90, f/4.0)

Muchas veces me pregunto (y me preguntan) si realmente es necesario arrastrar todo ese peso hasta el otro extremo del mundo. Personalmente así lo creo. Es necesario para obtener el 95% de la mejor foto que podría obtener (el 5% restante quedaría para un buen trípode que pocas veces puedo justificar incluir en el equipo por su peso). Sin embargo, también es cierto que muchas veces, una pequeña cámara compacta puede lograr el 80% de dicha calidad y satisfacción como podréis ver luego.

Pero si algo demostró Machu Picchu es ser un paraíso para un fotógrafo. Tanto la ciudadela y sus ruinas, como (sobre todo) el entorno, proporcionan algunas de las imágenes más plásticas que puedo recordar y que, además, han quedado reflejadas en muchas de las fotos que han vuelto conmigo a casa. No en vano, leí poco antes de llegar al Perú que es difícil hacer una mala foto en Machu Picchu. Discrepo de tal afirmación, pero no de la admiración por el lugar del que la hizo.

La elección del 14-24 para el viaje resultó tremendamente adecuada. Pese a que realicé un buen número de panoramas (queda la técnica, extremadamente sencilla, para otra entrada) lo cierto es que un super gran angular nos proporciona perspectivas únicas, y nos ahorra un tiempo precioso de post-procesado que cada vez encuentro más escaso.

Y no tengo que descubrirle a nadie la calidad de este pedazo de cristal:

Vista de la ciudadela desde la montaña Machu Picchu (Nikon D800, 14-24mm, f/8)
Vista de la ciudadela (izquierda) desde la montaña Machu Picchu (Nikon D800, 14-24mm, f/8)

Sin embargo, el momento de la compacta también tuvo que llegar. Tras un día espectacular en el que tal vez fuera cierto que era imposible hacer una mala foto, la lluvia llegó y al día siguiente la niebla cubría toda la ciudadela. Ante la imposibilidad de sacarle todo el partido a la reflex, decidí dejarla a buen recaudo y disfrutar del momento armado tan sólo con una compacta. Eso sí, una buena compacta. Los resultados no podrían haber sido más satisfactorios. Las fotos en blanco y negro no sólo tienen una gran calidad (en la medida de las posibilidades de la cámara) sino que transmiten perfectamente la atmósfera del momento.

Templo del sol en Machu Picchu. (Canon PowerShot S90, f/4.0)
Templo del sol en Machu Picchu. (Canon PowerShot S90, f/4.0)

Sin embargo, los mejores momentos fotográficos me esperaban al llegar a casa. Poco a poco el revelado de los archivos RAW (en este caso desde Lightroom, aunque sería un proceso idéntico en Photoshop) se convirtió en una experiencia extremadamente placentera. Tal y como comentamos en nuestros cursos, no puedo encontrar ninguna razón para no hacer fotografías en RAW y revelarlas posteriormente (¡las tarjetas de memoria son tan baratas comparadas con todo lo demás!).

Cada día me sorprendo a mi mismo pensando más en esta fase cuando tomo la fotografía y lo cierto es que se nota frente a la pantalla del ordenador cuando es necesario revelarla.

Calzada principal de entrada a Machu Picchu (Canon PowerShot S90, f/4.5)
Calzada principal de entrada a Machu Picchu (Canon PowerShot S90, f/4.5)

En definitiva, este post es acerca de todo y de nada. De la necesidad de tener el equipo adecuado (cámaras, bolsas, correas, fundas) y de utilizar cada pieza en su momento. De hacer buenas fotos en un extremo del mundo, pero también de revelarlas de manera adecuada a la vuelta. De como un viaje que prometía mucho, se convirtió en todo lo que prometía, tanto en lo fotográfico como en lo personal. Y ante todo, una excusa para compartir algunas fotos interesantes con los lectores de Pixelando. Espero que haya servido su propósito.